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Existe una delgada línea que separa la sabiduría del grupo y la tiranía de las masas.Con esta premisa, me dispongo a argumentar, de forma somera y más bien a modo de aperitivo en el sentido de
food for thought, que
otro mundo es posible. No pretendo influir en las mentes lectoras, pues soy partidario del
libre albedrío, sino ofrecer información a partir de la que tomar conciencia y postura, si es que no está tomada ya. Mi postura, desde luego, es clara, y quedará clara a lo largo de este artículo, pero eso me preocupa poco... Dada la evidente extensión del tema, me limitaré a ofrecer unas pocas referencias y reflexiones, precisamente como punto de partida para que l@s interesad@s reflexionen sobre ello...

En primer lugar, fenómeno que afecta a la actualidad mundial: la
Globalización. Recomiendo como primera lectura la extensa
entrada de la Wikipedia al respecto, para abrir boca. Pelín más allá, un desarrollo de las bases fundamentales tras la
Teoría de la Globalización. Y mucho más allá, recomiendo leer una de las biblias referenciales del movimiento anti-globalización,
No Logo: el Poder de las Marcas, escrito por Naomi Klein (nada que ver con Calvin (...), afaik - la entrada en la
Wikipedia española es somera, os recomiendo, if possible, leer la
WP inglesa). Para l@s que no tengáis tiempo de leer libros, existe el documental
The Take, con guión escrito por Klein, y dirigido por Avi Lewis, y el website
No Logo, gran paradigma del marketing social anti-marketing :-)
Frecuentemente se considera a EEUU como un país nocivo, nefasto a todo nivel en cuanto a exportación cultural se refiere. En este tipo de iniciativas tenemos el referente de que esto no siempre es así. Si bien la clase media yanqui está profundamente enferma y aburguesada (y al respecto, recomiendo ver
SuperSize Me y
Bowling for Columbine), no digo que no,
no olvidemos que los intelectuales estadounidenses nos han dado también joyas en movimiento anti-globalización, activismo queer, ecologismo, etc.

La globalización tiene innumerables consecuencias y efectos negativos. Sin ir más lejos, me viene a la cabeza la proliferación del
turismo sexual, por ejemplo, que se ha convertido en mal endémico de sociedades como Birmania, Costa Rica, etc, donde la infancia y la adolescencia de las clases deprimidas está más que amenazada por la autocomplacencia y pasividad de los políticos y la falta de conciencia de los países más desarrollados. También en el
turismo del transplante y el comercio de órganos. No obstante, la globalización también tiene efectos positivos (Internet y mucho de lo relacionado con ella, la supervivencia de etnias cuasi-desaparecidas, el
desarrollo sostenible en

entornos olvidados, que puede resultar un arma de doble filo...), y no soy yo quién para negarlo (recomiendo consultar alguno de los enlaces de la Wikipedia). Sobre todo, quiero hacer notar que
es importante la consideración de la globalización en distintos ámbitos, y por tanto, rechazar las concepciones atómicas. En este sentido, para algunos la globalización es un
monstruo de varias cabezas (tipo hidra), y para otros, un fenómeno ante el que
luchar en el marco económico pero ante el que vale la pena
estar receptivo en cuanto a lo cultural. Y viceversa... Para un tercer grupo de perfectos descerebrados, la globalización supone la bendición divina, maná caído del cielo, por lo que la abrazan unánimemente en todas sus facetas.
A eso me refiero, entre otras cosas, cuando digo que existe una delgada línea que separa la
sabiduría del grupo,
verbigratia,
método Delphi en consultorías empresariales, y la
tiranía de las masas, por ejemplo, frecuentemente, los resultados de una encuesta masiva
demoscópica. Además de delgada, en algunos casos es peligrosa. Por ejemplo, en la polémica
La Delgada Linea Roja, dirigida por Terrence Malick, remake de una
original del 64.
Otra Iglesia es posible. Una Iglesia apartada de los báculos de plata e incrustaciones de piedras preciosas, de los pasillos de mármol prístino y paredes cubiertas de Caravaggios y Botticellis. Una iglesia de labor social, adscrita al voto de castidad y pobreza, una Iglesia que siguiera las enseñanzas de Jesús y no las conspiraciones del
Concilio de Nicea y el
de Trento, y todos los conciliábulos subsiguientes, muchos de ellos Vaticanos. Una Iglesia que los conspiradores acabaran por reconocer como buena. Y la tenemos en
San Carlos Borromeo, en Vallecas, y también en las misioneras de la
Madre Teresa de Calcuta.
Un mundo es posible en que el fundamentalismo no devore las religiones y se las apropie, un mundo en el que
musulmán no signifique
terrorista, sino
musulmán. Donde las mujeres no sufran
discriminación humillante y maltrato de ningún tipo, y
puedan trabajar en el mismo despacho que un hombre sin haberlo amamantado, y no tengan
miedo de quien declara que les cortará la garganta vena por vena porque no tienen vergüenza ni moral... Y ya puestos a pedir, un mundo en que la
diplomacia tenga más relevancia que la
barbarie, y en que los
inocentes no tengan que pagar por la
ineptitud de sus políticos. Así, cada
zapatero se podría dedicar a sus zapatos, y los arquitectos no tendrían que pensar en proyectar
edificios anti-atentado. Esto se podría aplicar no sólo a política internacional y asuntos de
guerra y paz, sino
también a
política social, por ejemplo, y a
política medioambiental. Así no haría falta que
los actores recordaran su deber a los estadistas, que queda feo. Ni tendríamos
plagas de medusas, ni comerciaríamos con la polución,
ni fracasaría Kioto, ni nos preocuparía que
se fundan los polos más pronto o más tarde de que hayamos conseguido colonizar el espacio (sálvese quien pueda...). Aunque con
el empuje que llevamos, más bien parece que nos costará...


Si los gobiernos
no tuvieran miedo de sus ciudadanos porque no se sintieran
responsables de represión, censura en Internet o
en televisiones, atrocidades de cualquier tipo,
sistemas éticos deficientes y atrasados,
ineficacia en gestión sanitaria, etc, y
trataran de comunicarse activamente con el pueblo, sería posible una verdadera simbiosis entre los ciudadanos
olvidando diferencias irreconciliables, un
Estado sinérgico que favoreciera a sus jefes y señores, los ciudadanos... (suponiendo que decidiéramos vivir gobernados por un Estado...). Eso lo cambiaría todo.
Volveríamos a creer en los políticos...
Otro mundo es posible. Y
poco a poco, gota a gota, nos vamos dando cuenta.
Depende de nosotros. Tenemos el poder de la palabra. No sólo el del voto.
Nos damos cuenta de que existe una linea a veces
espiral, una barrera, a veces no tan delgada, entre el intelecto de las mentes pensantes y la psicología de la masa. Masa no siempre descerebrada, aunque en la mayoría de los casos imbécil, que no obstante supera siempre en poder de acción a los eruditos de tertulia y blog. Quizá la solución pasa por dejar de mirarnos al ombligo.
Habría que pensar en qué lado de la barrera estamos, y en qué lado queremos estar. Qué queremos hacer, y cómo. Si somos optimistas, o si somos pesimistas. Si queremos luchar... si quieres luchar, por qué y por quién. Si crees que es posible un mundo mejor,
si eliges la Vida...
Piensa global, actúa local.
Todo comenzó en Seattle...
Disculpas por el aluvión de enlaces en la segunda parte del artículo.
Further reading:
No Logo, Naomi Klein.
Brave New World, Aldous Huxley.
The World is Flat: a Brief History of the 21st Century, Thomas L. Friedman.
Y si aún os quedan ganas, Das Kapital, Marx, Engels.

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